Prólogo

Cuentan que, en una de sus concurridas clases de geografía física, Immanuel Kant describió el puente de Westminster con tal lujo de detalles, que un estudiante británico lo tomó por un arquitecto que había vivido mucho tiempo en Londres. Pero el gran filósofo de Königsberg nunca salió de su ciudad natal. Su conocimiento del mundo se debía a la asidua lectura de narraciones de viajeros y a una memoria visual tan desarrollada que podía imaginarse cualquier objeto como si estuviera presente ante sus ojos.
Por fortuna, en la actualidad no necesitamos las impresionantes cualidades de este hombre para hacernos una idea del entorno que nos rodea. La publicidad, el cine y la televisión, la web y una industria del turismo extendida hasta la extenuación, se encargan de bombardearnos con imágenes de los sitios más recónditos. Más bien, corremos un riesgo contrario al del bueno de Kant: una sobrecarga informativa tal que debemos crear anticuerpos para combatir tamaña saturación de nuestras endebles neuronas.
Será por eso que solemos generar nuestras propias geografías personales. No en un sentido consciente, como alguna vez lo intentó el situacionismo a través de la idea de deriva o como procura hacerlo la psicogeografía contemporánea. La mayoría de nosotros nos guiamos por pretensiones más prosaicas, ligadas –¿para qué negarlo?— a  esa misma sociedad del espectáculo que los vanguardistas de antaño tanto se empeñaron en combatir.
Durante varias generaciones, el arte en general y la música en particular han cumplido un papel preponderante a la hora de expandir nuestros horizontes. Sé de muchos que, cuando tienen la oportunidad de viajar a ciudades desconocidas, componen su propio itinerario, hecho de direcciones de disquerías y librerías, de clubes de jazz y rock, de salas de conciertos y visitas a los museos. Son aquellos menos preocupados por los monumentos históricos y las recomendaciones de las guías de rigor; más afines a dejarse llevar por sus obsesiones y a recalar en lugares que eluden los aturdidos recorridos de los turistas. Una escapada al sello Black Point en Praga revela un paraje industrial al que nunca hubiésemos llegado sin ese propósito específico. La búsqueda de discos raros en Roma obliga a pasar por Disfunzioni Musicali, un pequeño local en el pintoresco barrio de San Lorenzo, detrás de la universidad y de la famosa estación de Termini, en sentido completamente opuesto a la Fontana di Trevi, la Piazza Spagna, el Vaticano y demás atracciones. Gelbe Musik, el mejor negocio de música avant garde de Berlín, se encuentra en un barrio un tanto escondido. Un recital de David Thomas puede alejarnos varios kilómetros del centro de Viena. Unos pocos días tanteando la movida de conciertos en Nueva York, dirigirá inevitablemente nuestros pasos al particular distrito de Williamsburg, en el corazón de Brooklyn. Y la obsesión por las pinturas de COBRA nos llevará a las afueras de Amsterdam, hacia el museo de Amstelveen. Incluso un amigo, pionero de la crítica de rock, proyectó una visita a Dublín con el propósito exclusivo de repetir el derrotero de Leopold Bloom en aquel día memorable que constituye el Ulises de James Joyce.
Iluminaciones hay en todas partes y cada lugar tiene las suyas. Hace unos cuantos años era posible descubrir libros alucinantes en el sótano de una vieja librería de la ciudad de Mendoza. Y hace apenas unos meses, la organización conjunta de un ciclo de recitales y teatro por tres espacios frecuentes del underground porteño (el Ecléctico, No Avestruz y Domus Artis) permitió, a quien así lo deseara, medir el pulso de tres barrios tradicionales en acelerado proceso de transformación: San Telmo, Palermo y Villa Urquiza.
Creo que la finalidad última del libro de Damián Damore consiste precisamente en esto. El pasaje febril de las noches y los días de unos adolescentes fanáticos de Sumo que, persiguiendo incansablemente a sus ídolos por cuanta presentación se les ponga a tiro, reinventan un paisaje y trazan una línea imaginaria entre la Capital y el conurbano bonaerense. Al hacerlo, asoma una realidad diferente, ajena a nuestras urgencias cotidianas, suspendida en el significado renovado que le asignan a su peregrinaje.
Y hay que decir que Sumo se presta muy bien a este ejercicio. He aquí una banda con un cantante italiano y letras en lengua inglesa que muchos han postulado como representante insigne de nuestra condición ciudadana. Su saludable ironía los mantiene a buen resguardo de cualquier identificación simplista con el rock chabón. Para Luca y Cía., el barrio no era un territorio al que había que defender con uñas y dientes, la seña de una identidad que sólo se constituía a través de nuestras diferencias con los demás. Se trataba más bien de una especie de microcosmos, un aleph mediante el cual nos era dado explorar todas nuestras posibilidades pasadas y futuras. Aquí, allá y en todas partes, porque el detalle que asociamos a un momento y a un espacio definidos bien puede convertirse en la cifra del universo en su conjunto. Por eso, Sumo era una banda cosmopolita fuertemente afincada en el ámbito local. No hay contradicción alguna en semejante dialéctica, puesto que en la tarea de desplegar esas asociaciones, el rock adquiere un poder casi inconmensurable.
Un sortilegio de vivencias abigarradas que, en la medida en que nos comunica con el ambiente externo, termina también por transformar nuestras propias experiencias internas. Somos muchos, muchísimos, quienes debemos a esa música nuestra Bildungsroman: el pasaje formativo a través de unos sonidos que marcaron nuestra adolescencia y a los que no hemos podido renunciar cuando el tiempo, tirano, insistió en depositarnos en nuestra madurez.
¿Y quién mejor que Luca para ilustrar ese estado de perpetua juventud que los rituales del rock, siempre repetidos pero siempre distintos, promueven en nuestra memoria? Saber que, entre muchas otras cosas, somos la suma de unos cuantos instantes fundacionales –ligados al amor por ciertos grupos— que atesoramos bajo la forma de discos, pósteres, fotos, recitales, revistas, encuentros y cientos de recuerdos más intangibles pero no menos presentes. Y que precisamente eso, en definitiva, señala las coordenadas espacio-temporales en las que elegimos vivir, las que construyen nuestra historia y nuestra geografía personales. Quizás sea este nuestro modo privilegiado de apresar el mundo externo, de incorporarlo mediante una introspección que se enriquece continuamente gracias al contacto con ese afuera.
Sociedad de consumo o del espectáculo, dirán algunos con tono despectivo. Tal vez, pero una de la que hemos sabido apropiarnos para satisfacer nuestras necesidades, para orientarnos en el magma incesante del advertising y la publicidad. Una respuesta creativa en un universo de masas que dista de ser tan monolítico y apocalíptico como suelen describirlo tantos intelectuales y académicos. Claro que el rock forma parte del negocio y, en numerosas ocasiones, incluso del establishment. Pero no existe estrategia de marketing alguna que pueda anticipar los usos que estamos dispuestos a adjudicarle a toda esa parafernalia y memorabilia tan típica de esos desvelos sonoros. Algo que los personajes de este libro, en su incansable vagar detrás de sus héroes, en su intercambio de informaciones y mercancías diversas relacionadas con su objeto de culto, probablemente no saben, pero seguramente intuyen.

Norberto Cambiasso.
Prólogo por Norberto Cambiasso

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